Erase de noche, una de esas noches estrelladas, lindas, sin nubes que mancillen el cielo e impidan ver a las estrellas en su esplendor. Esa noche, ya cansados luego de haber bailado largo rato en una de las tantas discotecas de la ciudad, Fernando llevó a Ana a su casa.
Ana era, en ese tiempo, una chica linda, no era alta, era de tamaño, normal, estándar, con unos ojos pardos grandes y bellos; de cabellos negros, largos, medianamente ensortijados, que le daban un marco muy dulce a ese rostro bruñido por el sol de la zona; su boca era pequeña, pero con unos labios, ni delgados ni gruesos, que provocaban besar apasionadamente.
Esa noche ella usaba un vestido amarillo pálido, con un bonito escote que resaltaban sus atributos femeninos, esos de los cuales ella se sentía tan orgullosa, y por los cuales más de un mortal quedó embobado al verlos. Definitivamente eran grandes y hermosos.
Ana vivía en una quinta de dos pisos con azotea, una de esas construida en la década de los 70, con un jardín que abarcaba todo el largo de la construcción, una pared al fondo, que daba a una calle; de muros anchos pintados de verde agua y puertas y ventanas de hierro pintadas de blanco con cristales catedral que servían para ocultar de las miradas indiscretas el interior de las casas.
Llegados a la puerta de la casa, Ana notó con preocupación que había dejado olvidada la llave de en su habitación, tocó el timbre y el cristal de la puerta de hierro varias veces sin éxito. Todos, sus padres y hermanos, habían salido con rumbo desconocido.
Dado que Ana no podía quedarse sola, Fernando consideró pertinente quedarse a acompañarla, con la esperanza que en un par de horas como mucho, alguien llegase y abriese la puerta.
Y como no había bancas en la quinta donde vivía Ana, decidieron pues sentarse en la escalera que conducía del segundo piso a la azotea.
Y conversaron de todo, empezando de los más básico, como gustos musicales, de películas, pasando por los apodos que cada uno tenía en casa y sus sueños y expectativas.
Fernando, que venía saliendo con Ana al menos un par de veces, era un chico criado a la antigua, y por tanto respetuoso de los cánones que dicha formación implicaba, y escuchaba con atención a Ana, sin poder dejar de mirar esos ojos que lo tenían hipnotizado. Ana pensaba para sí, "y éste que está esperando que no me besa", mientras Fernando no podía pensar en otra cosa que en la voz de Ana, en cada inflexión que le daba a las palabras, y por él se quedaba horas escuchándola sin chistar.
Las horas pasaron y las estrellas fueron dejando su lugar a los primeros albores de la mañana. Fernando abrazó tiernamente a Ana con la menuda esperanza de abrigarla del frío que arreciaba.
Ana, quizás aburrida por la inacción de Fernando, le sugirió tiernamente que era mejor que él se marchase a su casa, dado que ya había amanecido y era muy probable en que breve llegaran sus hermanos y le abriesen la puerta. Él asintió con la cabeza e intentó salir por la puerta principal, donde se dio con la sorpresa que el guardián de la quinta la había cerrado con llave y no había señales de él por ningún lado, así que, obedeciendo a Ana optó por trepar el muro la final de la quinta y ganar la calle.
Esa fue la última vez que Fernando vio a Ana, puesto que ella ya no quiso volver a salir con él.
3 comentarios:
ya era hora amigo
Que chica mas tonta de la que cuentas aca!
A veces las personas están tan pendientes de su presente que olvidan que el mismo no existe, ya que siempre vivimos entre el pasado y el futuro.
Para mí simplemente no tuvo visión.
Gracias por comentar!
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