El día de hoy, me propuse (al menos hice el intento) de llevar mi auto a pasar la certificación del sistema a gas, sistema que me resulta rentable, dado que venir de Madagascar a la ciudad resulta un viaje largo y si fuera con gasolina sería un tanto oneroso.
Así pues me levanté temprano por la mañana y enrumbé hacia el taller, donde alguna lejana primavera del 2005, instalé el sistema a gas. Grande fue mi sorpresa que era necesario realizar "n" adecuaciones a fin de cumplir las "nuevas" disposiciones (las cuales a mi parecer fueron creadas para dar de comer a alguien) con el respectivo coste (nada barato por cierto) y todo esto sin considerar el coste de la certificación realizado por una prestigiosa entidad foránea.
Decepcionado, cabizbajo y meditabundo por el shock económico que esto representaba, busqué una alternativa en un taller conocido, al que voy de vez en cuando, el cual tampoco me dio una solución puesto que requieren que yo cuente con ciertos documentos (que no cuento) ya que en esas épocas, cuando instalé el susodicho equipo, a nadie se le ocurría entregar ni a nadie pedir; sin embargo, quizás en un arranque de compasión, uno de los dependientes del taller me indicó que cierto club cuenta con talleres asociados que son menos estrictos en la papelería.
Con este dato contacté a uno de estos talleres y quedé en ir por la mañana siguiente a efectuar las gestiones del caso. El único problema es que hoy, tarde por la tarde, me enteré que mañana muy temprano tengo una reunión, una de esas que no puedes faltar caso contrario te verás comprando tu periódico el domingo, con lo cual mis planes se fueron (por el momento) al tacho.
Bien reza el dicho:
El hombre propone, Dios dispone y viene el diablo y lo descompone...
Una serie de historias, mias, de otros, de todos, que he ido recopilando en mi memoria y que poco a poco iré transcribiendo aquí.
lunes, abril 28, 2008
jueves, abril 24, 2008
En la escalera.
Erase de noche, una de esas noches estrelladas, lindas, sin nubes que mancillen el cielo e impidan ver a las estrellas en su esplendor. Esa noche, ya cansados luego de haber bailado largo rato en una de las tantas discotecas de la ciudad, Fernando llevó a Ana a su casa.
Ana era, en ese tiempo, una chica linda, no era alta, era de tamaño, normal, estándar, con unos ojos pardos grandes y bellos; de cabellos negros, largos, medianamente ensortijados, que le daban un marco muy dulce a ese rostro bruñido por el sol de la zona; su boca era pequeña, pero con unos labios, ni delgados ni gruesos, que provocaban besar apasionadamente.
Esa noche ella usaba un vestido amarillo pálido, con un bonito escote que resaltaban sus atributos femeninos, esos de los cuales ella se sentía tan orgullosa, y por los cuales más de un mortal quedó embobado al verlos. Definitivamente eran grandes y hermosos.
Ana vivía en una quinta de dos pisos con azotea, una de esas construida en la década de los 70, con un jardín que abarcaba todo el largo de la construcción, una pared al fondo, que daba a una calle; de muros anchos pintados de verde agua y puertas y ventanas de hierro pintadas de blanco con cristales catedral que servían para ocultar de las miradas indiscretas el interior de las casas.
Llegados a la puerta de la casa, Ana notó con preocupación que había dejado olvidada la llave de en su habitación, tocó el timbre y el cristal de la puerta de hierro varias veces sin éxito. Todos, sus padres y hermanos, habían salido con rumbo desconocido.
Dado que Ana no podía quedarse sola, Fernando consideró pertinente quedarse a acompañarla, con la esperanza que en un par de horas como mucho, alguien llegase y abriese la puerta.
Y como no había bancas en la quinta donde vivía Ana, decidieron pues sentarse en la escalera que conducía del segundo piso a la azotea.
Y conversaron de todo, empezando de los más básico, como gustos musicales, de películas, pasando por los apodos que cada uno tenía en casa y sus sueños y expectativas.
Fernando, que venía saliendo con Ana al menos un par de veces, era un chico criado a la antigua, y por tanto respetuoso de los cánones que dicha formación implicaba, y escuchaba con atención a Ana, sin poder dejar de mirar esos ojos que lo tenían hipnotizado. Ana pensaba para sí, "y éste que está esperando que no me besa", mientras Fernando no podía pensar en otra cosa que en la voz de Ana, en cada inflexión que le daba a las palabras, y por él se quedaba horas escuchándola sin chistar.
Las horas pasaron y las estrellas fueron dejando su lugar a los primeros albores de la mañana. Fernando abrazó tiernamente a Ana con la menuda esperanza de abrigarla del frío que arreciaba.
Ana, quizás aburrida por la inacción de Fernando, le sugirió tiernamente que era mejor que él se marchase a su casa, dado que ya había amanecido y era muy probable en que breve llegaran sus hermanos y le abriesen la puerta. Él asintió con la cabeza e intentó salir por la puerta principal, donde se dio con la sorpresa que el guardián de la quinta la había cerrado con llave y no había señales de él por ningún lado, así que, obedeciendo a Ana optó por trepar el muro la final de la quinta y ganar la calle.
Esa fue la última vez que Fernando vio a Ana, puesto que ella ya no quiso volver a salir con él.
Ana era, en ese tiempo, una chica linda, no era alta, era de tamaño, normal, estándar, con unos ojos pardos grandes y bellos; de cabellos negros, largos, medianamente ensortijados, que le daban un marco muy dulce a ese rostro bruñido por el sol de la zona; su boca era pequeña, pero con unos labios, ni delgados ni gruesos, que provocaban besar apasionadamente.
Esa noche ella usaba un vestido amarillo pálido, con un bonito escote que resaltaban sus atributos femeninos, esos de los cuales ella se sentía tan orgullosa, y por los cuales más de un mortal quedó embobado al verlos. Definitivamente eran grandes y hermosos.
Ana vivía en una quinta de dos pisos con azotea, una de esas construida en la década de los 70, con un jardín que abarcaba todo el largo de la construcción, una pared al fondo, que daba a una calle; de muros anchos pintados de verde agua y puertas y ventanas de hierro pintadas de blanco con cristales catedral que servían para ocultar de las miradas indiscretas el interior de las casas.
Llegados a la puerta de la casa, Ana notó con preocupación que había dejado olvidada la llave de en su habitación, tocó el timbre y el cristal de la puerta de hierro varias veces sin éxito. Todos, sus padres y hermanos, habían salido con rumbo desconocido.
Dado que Ana no podía quedarse sola, Fernando consideró pertinente quedarse a acompañarla, con la esperanza que en un par de horas como mucho, alguien llegase y abriese la puerta.
Y como no había bancas en la quinta donde vivía Ana, decidieron pues sentarse en la escalera que conducía del segundo piso a la azotea.
Y conversaron de todo, empezando de los más básico, como gustos musicales, de películas, pasando por los apodos que cada uno tenía en casa y sus sueños y expectativas.
Fernando, que venía saliendo con Ana al menos un par de veces, era un chico criado a la antigua, y por tanto respetuoso de los cánones que dicha formación implicaba, y escuchaba con atención a Ana, sin poder dejar de mirar esos ojos que lo tenían hipnotizado. Ana pensaba para sí, "y éste que está esperando que no me besa", mientras Fernando no podía pensar en otra cosa que en la voz de Ana, en cada inflexión que le daba a las palabras, y por él se quedaba horas escuchándola sin chistar.
Las horas pasaron y las estrellas fueron dejando su lugar a los primeros albores de la mañana. Fernando abrazó tiernamente a Ana con la menuda esperanza de abrigarla del frío que arreciaba.
Ana, quizás aburrida por la inacción de Fernando, le sugirió tiernamente que era mejor que él se marchase a su casa, dado que ya había amanecido y era muy probable en que breve llegaran sus hermanos y le abriesen la puerta. Él asintió con la cabeza e intentó salir por la puerta principal, donde se dio con la sorpresa que el guardián de la quinta la había cerrado con llave y no había señales de él por ningún lado, así que, obedeciendo a Ana optó por trepar el muro la final de la quinta y ganar la calle.
Esa fue la última vez que Fernando vio a Ana, puesto que ella ya no quiso volver a salir con él.
Infidelidad en la Oficina.
Elena es amiga de Roberto. Ambos trabajan juntos en uno de los locales de una gran empresa. Elena, no es una chica bonita, una de esas que uno se queda mirando en la calle, embobado, siguiendo con la mirada, recorriéndola desde la punta de los pies hasta el último cabello que juega con el viento, no, ella es una chica como cualquiera que te puedes cruzar en la calle y uno ni caso, pero una vez que la tratas tiene eso que los hombres llaman "el algo que atrae".
Elena sabe que tiene ese algo que atrae a los hombres, piensa que es atractiva y le gusta vestirse con buena ropa (y amplios escotes).
Roberto, que conoce hace varios años a Elena, ha notado que de vez en cuando ella viene arreglada más que otros días. Y esos días o bien llega tarde a la oficina o bien sale a almorzar fuera o sale presurosa a una reunión urgente.
Roberto, que no es el marido ni tiene vela en el entierro, empieza a elaborar las más intrincadas teorías de conspiración con respecto a su amiga. Él trabaja en atención al cliente y sabe (o al menos piensa) que puede lograr que las personas le tengan confianza rápidamente y sin querer le empiecen a contar cosas de ellos, propias, íntimas. Es así que en una de las tantas conversaciones con Elena, ella le comenta que tiene un amigo que es muy amable con ella. Y nada más...
Suficiente, dice Roberto, y siente cómo despierta en él ese sentido de la curiosidad (él es muy curioso desde pequeño) que ha estado dormido, aletargado por las tediosas jornadas laborales, llenas de informes, presentaciones y reuniones interminables.
Roberto nota que su amiga utiliza frecuentemente el servicio de envió de mensajes de su computador y una vez, en un momento de descuido de Elena, se acerca al computador de su amiga, y mientras se aproxima siente sus manos frías y un sudor igual de frío que le recorre la espalda; sin pensarlo mucho efectúa una búsqueda rápida, certera y finalmente afortunada. Eureka, exclama, pues encontró un archivo en el que Elena almacenaba sus conversaciones, tan íntimas, tan de ella, con este "amigo" que ella le comentó alguna vez. Ellos son más que amigos, pensó, y copió tan rápido como pudo el archivo comprometedor y se lo llevó a su computador para analizarlo, para leerlo detenidamente.
Mensaje a mensaje va descubriendo y confirmando sus sospechas, y sin pensarlo mucho salta a su mente el nombre del "amigo" tan apreciado por Elena. Tiene que ser él, no hay otro y no hay duda. Su amiga es infiel a su esposo, a quien ella dice amar, al igual que su amigo, quien Roberto sabe que también es casado.
Este descubrimiento supera sus expectativas... No , esto no se lo puedo comentar a nadie, y se arrepiente de que su curiosidad le haya llevado tan lejos para que finalmente su conciencia le ponga un freno. Finalmente borra el archivo.
Roberto trata de ignorar lo que ahora ya sabe, y se siente triste por el esposo de su amiga, un muchacho de buen corazón y que adora a Elena.
El tiempo pasa, y un día la curiosidad vuelve a asaltar a Roberto quien efectúa una nueva incursión clandestina en el computador de Elena, y trata de ubicar sin éxito aquel archivo comprometedor, al no encontrarlo piensa, Elena no es niguna boba, sabe que no debe dejar huellas, y ha decidido borrar también ese archivo tan comprometedor, pero Roberto no se conforma con no encontrar el archivo y busca en las bitácoras del computador. Encuentra una serie de mensajes de reproche, de lamento, de despedida. Finalmente Elena, quizás movida por su conciencia, ha decidido terminar con su amigo.
Al día siguiente Roberto ve llorar a Elena inconsolablemente.
Elena sabe que tiene ese algo que atrae a los hombres, piensa que es atractiva y le gusta vestirse con buena ropa (y amplios escotes).
Roberto, que conoce hace varios años a Elena, ha notado que de vez en cuando ella viene arreglada más que otros días. Y esos días o bien llega tarde a la oficina o bien sale a almorzar fuera o sale presurosa a una reunión urgente.
Roberto, que no es el marido ni tiene vela en el entierro, empieza a elaborar las más intrincadas teorías de conspiración con respecto a su amiga. Él trabaja en atención al cliente y sabe (o al menos piensa) que puede lograr que las personas le tengan confianza rápidamente y sin querer le empiecen a contar cosas de ellos, propias, íntimas. Es así que en una de las tantas conversaciones con Elena, ella le comenta que tiene un amigo que es muy amable con ella. Y nada más...
Suficiente, dice Roberto, y siente cómo despierta en él ese sentido de la curiosidad (él es muy curioso desde pequeño) que ha estado dormido, aletargado por las tediosas jornadas laborales, llenas de informes, presentaciones y reuniones interminables.
Roberto nota que su amiga utiliza frecuentemente el servicio de envió de mensajes de su computador y una vez, en un momento de descuido de Elena, se acerca al computador de su amiga, y mientras se aproxima siente sus manos frías y un sudor igual de frío que le recorre la espalda; sin pensarlo mucho efectúa una búsqueda rápida, certera y finalmente afortunada. Eureka, exclama, pues encontró un archivo en el que Elena almacenaba sus conversaciones, tan íntimas, tan de ella, con este "amigo" que ella le comentó alguna vez. Ellos son más que amigos, pensó, y copió tan rápido como pudo el archivo comprometedor y se lo llevó a su computador para analizarlo, para leerlo detenidamente.
Mensaje a mensaje va descubriendo y confirmando sus sospechas, y sin pensarlo mucho salta a su mente el nombre del "amigo" tan apreciado por Elena. Tiene que ser él, no hay otro y no hay duda. Su amiga es infiel a su esposo, a quien ella dice amar, al igual que su amigo, quien Roberto sabe que también es casado.
Este descubrimiento supera sus expectativas... No , esto no se lo puedo comentar a nadie, y se arrepiente de que su curiosidad le haya llevado tan lejos para que finalmente su conciencia le ponga un freno. Finalmente borra el archivo.
Roberto trata de ignorar lo que ahora ya sabe, y se siente triste por el esposo de su amiga, un muchacho de buen corazón y que adora a Elena.
El tiempo pasa, y un día la curiosidad vuelve a asaltar a Roberto quien efectúa una nueva incursión clandestina en el computador de Elena, y trata de ubicar sin éxito aquel archivo comprometedor, al no encontrarlo piensa, Elena no es niguna boba, sabe que no debe dejar huellas, y ha decidido borrar también ese archivo tan comprometedor, pero Roberto no se conforma con no encontrar el archivo y busca en las bitácoras del computador. Encuentra una serie de mensajes de reproche, de lamento, de despedida. Finalmente Elena, quizás movida por su conciencia, ha decidido terminar con su amigo.
Al día siguiente Roberto ve llorar a Elena inconsolablemente.
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